Narrativa Sobre escritos

Los perros que Bioy no clonó

Juan Manuel Rizzi.

“¿Sabés por qué el mundo no tiene arreglo?
Le aseguré que no sabía. Me dijo:
– Porque los sueños de uno son las pesadillas de otro .”

Adolfo Bioy Casares: Dormir al sol.

En sus Memorias (1994) Adolfo Bioy Casares cuenta que al primer perro lo ganó en una rifa y que al otro día el cachorro misteriosamente había desaparecido. Sus padres le dijeron que al hecho lo había soñado. Bioy sospecha que le mintieron, pero no volvió a preguntar. El autor cree que fue este episodio el que introdujo en su vida el límite brumoso entre el sueño y la realidad que luego encauzó su obra, a veces en forma de máquinas prodigiosas, otras de máquinas habituales –automóviles, aviones-, las más en una buscada experiencia amorosa.

Con Borges –alguna línea de este lo afirma- hablaban de la dificultad poética de introducir máquinas en la literatura. Las felices excepciones, decían, lo hacen más notorio: la del tiempo y la de Morel. La invención de Morel, novela de Bioy que su amigo calificó de “perfecta” tiene una reescritura menos ambiciosa y conocida, y menos compleja o acomplejada en la reproducción del alma, quizá en eco a la crítica borgeana: Los afanes, cuento de 1962.

En Los afanes un grupo de amigos anda cual perros tras el amor de Milena. “Perros detrás de una perra”, línea dicha por la hermana de uno de los muchachos que deja leer el cuento de atrás hacia adelante. La deseada Milena se pone en pareja con Heller, porque “tiene más plata” y también es una “lumbrera”, que a la novia incomoda porque no le dedica tiempo. Heller es adepto en porciones iguales al espiritismo, a la medicina y a la física.

Las aludidas La máquina del tiempo y La invención de Morel hablan de máquinas que, en sus niveles, hacen prodigios, y su pormenor, el mecanismo de su funcionamiento, queda velado por un resultado fantástico (fascinante o distópico). En el cuento Los afanes la máquina queda reducida a un “bastidor” que consiste en “dos columnas, probablemente de níquel, de unos veinte centímetros de altura, unidas, en la parte superior, por una delgada banda metálica”. Y el primer sacrificado en “aras de la ciencia” resulta el perro Marconi, “un perro de aguas, de color café con leche, peludo y orejudo” que a Milena era insoportable por su olor. El bastidor en cuestión reproduce, de manera particular, el alma, “evoca” todo el perro: su ladrido, sus pelos adheridos a los trajes, su mirada esperanzada y triste, el olor, en fin, su presencia, se “siente” a Marconi entre nosotros. Heller que comenzó experimentando con palomas mensajeras a las que intentaba dirigir con un transistor y piedras de galena introducidas en cerebro, inmortaliza al can. El costo –en La invención de Morel también ocurre, pero parsimoniosamante- es la muerte.

Sucede luego lo previsible. Se sigue con humanos. Es el mismo Eladio Heller el que se sacrifica (para ya no escuchar los reproches de su esposa, especulan los amigos), y la presencia que ahora recoge el bastidor no es otra cosa que la facultad de pensar, digamos, fuera del envase (o en envase artificial, un busto de bronce con la cabeza ahuecada): queda la trasmisión de pensamiento, la posibilidad de influir, como lo haría una conversación telepática o de espíritu a espíritu, en los demás.

En la novela Dormir al sol de 1973, “de mis libros creo el más grato”, Bioy ya prescinde de máquinas pero no de perros y almas. Diana, la esposa de Lucio Bordenave, es atacada por una extraña enfermedad mental. Extraña cuanto la consideran los médicos del frenopático, quienes persiguen una cura final migrando por un período indeterminado el alma enferma a cuerpos sanos de otros humanos o, preferentemente, al de perros. Lucio, cuyo diario es la voz de la novela, debe pasar una temporada en el hospital para enterarse él mismo de los experimentos, lo que finalmente va a enrarecer más la narración.

El alma, en esta novela, ¿qué es? Es lo que da vida, pero de un modo distinto al de estar unida a cada parte del cuerpo como diría el Aristóteles materialista. Reside en el cerebro, en la glándula pineal –tal supo poco científicamente Descartes- y se narra problemáticamente en acuerdo al carácter de la persona, “los defectos” que extraña Lucho en Diana curada cuando la traen en cuerpo y con el alma de otra muchacha entrenada para las rutinas del matrimonio. “Detalles” que no hacen al cuerpo y su movimiento; dice Lucho: “si la rompe en pedazos se pierde la persona”. ¿Dónde queda esta entonces? Más en la unión de los elementos, en la cuerpalma, que en el alma. Separados los elementos enloquecen al relojero Lucio Bordenave, son un perro, un/a extraño/a en otro cuerpo, o esa alma en un cuerpo extraño (Lucho se dará a la búsqueda de la perra pointer con el alma de su señora). Juntos, cuerpo y alma, una persona potencialmente enferma. Pasto para médicos dueños del concepto de la salud y de frenopáticos.

La clonación resolvería esta dificultad reponiendo al tiempo la misma unión cuerpo y alma sanada, entendida como ADN. Adolfito (el otro Adolfo, Cambiaso) comenzó en Argentina la aventura de clonar caballos, en sus términos “deportistas de elite”, “mis piernas”. “Les puse números, porque todas son Cuartetera”. “No es alguien que vos querías”, según el periodista, “para mí son deportistas” responde. Y compara: “podrá salir un Messi un poco más bajo o más alto” en rendimiento. Las diferencias, los detalles que Lucio Bordenave extrañaba de su esposa y hacían el alma, y en el caso de la Cuartetera 9 que la yegua se criara “con un corderito y una gallina porque no le gustaba estar sola”, en la cancha se anulan, “ahí son todas iguales” asegura Cambiaso (entrevista CNN en español). La clave está en el “para mí”, y el problema –saltamos el alambrado de la ética- ahora es el de la identidad.

Fue el filósofo británico Derek Parfit quien extremó el problema de la identidad personal hasta decir que no hay ningún problema. Su experimento mental inspirado en Stark Trek de la teletransportación a Marte, crea una duplicación humana completa y luego comunica que el original fue destruido. Nada grave, dice Parfit, lo importante es que podamos conservar la conectividad psicológica y la continuidad de la memoria, no mantener el original. Algo se perderá, quizá solo la ilusión de un yo fijo e inmutable. Cuando Adolfito está en cancha con la Cuartetera ella es siempre la misma, no hay una original, igual que en la teletransportación. Lo fundamental a conservar son las notas de continuidad que interesen al caso.

La obra de Bioy intuye otras dificultades. En el cuento El lado de la sombra (1962) el autor ensaya el eterno retorno de la materia para un amigo, una mujer y una gata. Paulatinamente el extraño paisaje del bar muestra su mentira, su realidad, “entre la cosa misma y la parecida hay una diferencia enorme”. ¿Cuánto dura el engaño, cuánto retorna en ese cuerpo, en esa cara cuando faltan el resto de las circunstancias? El cuento es un dèjá vu ampliado. Lo posible del eterno retorno (para Nietzsche imposible pero necesario de pensar) recala nuevamente en un animal, una gata, Lavinia, la gata de la deseada Leda, de la mujer muerta que no vuelve. “Tendríamos un eterno retorno limitado, por ahora, a una gata. A los elementos que originalmente formaron el animal, dispersos cuando la quemazón del hotel, un golpe de azar los habría reunido de nuevo, de manera idéntica”. La gata es también signo, una esperanza para que su amigo diga:
“-Yo me quedo hasta que llegue Leda.”

La novela Dormir al sol es el culmen de lo fantástico al transferir finalmente la voz del narrador al mismo cuerpo de Lucho con otra alma, que habla, la de Felix Ramos. La historia podría continuar, no lo hace porque al autor le interesa plantear la posibilidad del pasaje y permitirnos observar en ambas direcciones, alternativamente, como si el perro que duerme al sol y da título a la novela nunca terminara de dormirse o supiera que sueña y despertar lo condujera a otro sueño. “Imagino un perro, durmiendo al sol, en una balsa que navega lentamente aguas abajo, por un río ancho y tranquilo… Imagino que soy ese perro y me duermo”, dice el médico que además de la cura del alma descubre la del insomnio. Siempre es el can, en cuerpo o imaginado, el vehículo. El perro que Bioy niño ganó en la rifa y sus padres quitaron para devolvérselo en lo onírico. Esta imbricación de la identidad con el sueño, a otra realidad a la que deforma el deseo, al experimento o a ese borde brumoso que mira hacia lo real, es El aleph de la obra de Adolfo Bioy Casares, desde La invención de Morel de 1940 a los años 90.

En la novela Un campeón desparejo (1993), anteúltima del autor, Morales maneja un taxi. Una bebida que le convidan en extrañas circunstancias le da fuerzas para revivir –en un sueño, de vuelta- el recuerdo de una mujer deseada y buscarla. “Los taxistas recorremos todo Buenos Aires, por grande que sea. Quién me dice que un día no la encuentre. No va a ser fácil”. Valentina no aparece y Morales comienza a frecuentar al padre de la muchacha. Un día este le cuenta que la secuestraron. Un amigo, presunto arreglador del secuestro, le pasa el dato: “Entre Tristán Suárez y Máximo Paz, una casa un poco retirada de la ruta, pero sobre la ruta, y sola, sin vecinos… Dice que si pasás esta noche te da más precisiones”. Morales rescata a Valentina y luego la viola. Otra forma de obtener lo mismo y en el momento que se quiere.

Sueño, secuestro, clonación. La humanización de un perro o de un caballo por la unilateralidad del “para mí” parece más probable que la humanización de un humano, aquello que define su identidad por sí aunque tenga que pasar por el otro. Es el destino del deseo negociar con medios y técnicas, acciones humanas más o menos aceptables: la literatura fantástica, la clonación, el loquero, el crimen.

Leer también en esta revista: Adolfo Bioy Casares: el otro Sur.

IMAGEN: Adolfo Bioy Casares, Silvina Ocampo y sus perros.

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