Gente entrevista Historia pensada Narrativa

Terror en Monte Hermoso

Buenos cimientos

Santiago Bresciano.

“¿Acaso el destino preservaba mi razón solo para arrastrarme irresistiblemente a un final más horrible e impensable de lo que haya podido soñar nadie?”.

Howard Phillips Lovecraft, El templo.

Los golpes metálicos llegan con violencia desde la pesada puerta de entrada al faro, haciendo vibrar a toda la estructura de hierro. El faro parece emitir gritos y chirridos. La única compañía que tengo es la luz, la lámpara de 400 watts que ilumina mi patético cuerpo cada nueve segundos con precisión. Me encuentro agazapado entre las sombras, abrazado a mi rifle, el cual utilizaré para quitarme la vida cuando la pérdida de cordura nuble mi visión y altere mis nervios por completo.

Me siento adormilado, mi vista borrosa hace que cada destello de luz se convierta en una punzada en mi cerebro. La puerta no tardará en abrirse y escucharé ese repugnante sonido viscoso arrastrándose por cada uno de los más de trescientos escalones, acercándose implacablemente hacia mí. Me arrastrará hacia la base, buscando sumergirme en las profundidades fangosas de los antiguos pilares del vigía del Atlántico, el bendito Faro de Bahía Blanca.

Arrastrará mi cuerpo para fagocitarme, integrándome con los demás. Pasaré a formar parte de su naturaleza infame, utilizando los cimientos del faro como un templo de su culto primigenio y olvidado…

Corría el verano del año 1943. La Armada Argentina me destinó como radiotelegrafista al partido de Monte Hermoso. Con rango de marinero, mi responsabilidad era pasar los reportes meteorológicos y tomar la temperatura del mar seis veces al día. También tenía la tarea de encender diariamente la luz del faro, que funcionaba a gas, y realizar labores de mantenimiento para garantizar su óptimo desempeño.

Después de hablar con el policía del pueblo, este me guio a caballo hacia los alrededores del faro. Cuando vi por primera vez la imponente estructura de líneas rojas y blancas, quedé impresionado por su belleza. Siempre había visto su luz guía desde barcos y embarcaciones, pero presenciarlo de cerca era una experiencia totalmente diferente.

El policía me presentó a El jefe del faro, un hombre vestido de militar, de baja estatura, con pronunciado bigote blanco y algo pasado de peso. Llevaba un vistoso y ornamentado sable en su cintura. Los tres caminamos mientras fumábamos unos cigarrillos realmente asquerosos convidados por El jefe. Durante el recorrido, este me mostró las diferentes dependencias e inmediaciones. Había un caserón precioso, donde vivía con su familia, unas casillas amarillas, un tanto deterioradas, donde residían los trabajadores del faro, y también un área destinada al cultivo de frutas y hortalizas. Había plantas de membrillos, limoneros, y grandes árboles repletos de mandarinas y manzanas. Además, había una huerta que parecía un poco descuidada, pero donde se podían apreciar unos tomates maduros de gran tamaño.

Después de una abundante cena con la familia de El jefe, y con varios trabajadores que habían sido invitados, quienes confieso me miraban con desconfianza, propia de alguien considerado como un extraño, comenzaron a contarme la historia de la desaparición del anterior encargado del faro. Según se rumoreaba, había sido resultado de disputas a cuchillo limpio y problemas relacionados con mujeres. Aunque la cosa no estaba del todo clara. Durante la sobremesa, mientras disfrutábamos de copas de oporto y manzana asada, El jefe me mencionó que el prófugo, (así llamaban al cuidador anterior), había dejado algunas de sus pertenencias en su casilla. Me encomendó la tarea de ordenar el lugar a mi gusto y decidir qué hacer con dichas pertenencias, ya sea descartarlas o guardarlas según mi criterio.

La casilla estaba impregnada de un olor rancio a cigarrillo mezclado con el desagradable aroma a pescado podrido proveniente de un plato con sobras. Después de ventilar el lugar, comencé a separar lo que consideraba basura. Tiré prendas desgastadas y remendadas con agujeros, periódicos de muchos años atrás, de hojas amarillas, así como un montón de vértebras de pescado esparcidas por todos los rincones. ¿Cómo era posible que alguien viviera y durmiera en esas condiciones? Decidí quedarme con los libros, fieles compañeros. Entre ellos figuraban: Secretos de la costa atlántica de un biólogo inglés llamado Benedict Gunberg, De hongos y dioses, del etnobotánico Mario Allegro McKenna, que tenía una página marcada con un hongo seco que desprendía un aroma a perfume de mujer, y uno que llamó mi atención, Cimientos mortales, del turco Malharic Rorht. Este último libro trataba sobre los accidentes mortales que sufrían los trabajadores y obreros en mega construcciones, y cómo, en caso de fallecimiento durante el trabajo, pasaban a formar parte de ellas. Era una práctica que parecía estar completamente normalizada por ingenieros y arquitectos, quienes creían que otorgaba un carácter trascendental a las edificaciones. Esto generaba todo tipo de especulaciones y teorías sobre rituales y sacrificios relacionados con estas construcciones.

Entre sus pertenencias más personales, decidí guardar un cuaderno de notas, bastante extenso, en uno de los cajones de la casilla. También encontré un álbum de fotos forrado con un papel desgastado, en el que se veía el faro desde diferentes ángulos y trabajadores posando con expresiones serias y semblantes sombríos. Además, descubrí un relicario que mostraba el rostro del cuidador desaparecido junto a una mujer de mirada perdida y angustiada. Mi hallazgo más sorprendente fue un rifle que estaba debajo de la cama, cargado y acompañado de un conjunto de cartuchos. Decidí limpiarlo por completo y colgarlo en una de las paredes de la casilla.

Los días y meses transcurrieron sin problemas ni sobresaltos, hasta que llegó el invierno y con él, los vientos helados de la costa atlántica. Junio se mostró especialmente hostil; varios trabajadores perdieron la vida mientras realizaban tareas de mantenimiento en los cimientos del faro. La base fundacional, que sostenía toda la estructura de hierro, requería un constante monitoreo para prevenir desmoronamientos, roturas en el material y corrosión en los hierros, debido a la salinidad y la humedad constante.

En medio de estas circunstancias, yo continuaba con mis tareas habituales. Tomaba la temperatura del mar, enviaba notificaciones a la Armada sobre asuntos náuticos diversos, realizaba reparaciones dentro del faro, y supervisaba el óptimo rendimiento de los equipos eléctricos, que funcionaban a gas y requerían recargas diarias, así como del correcto funcionamiento de la maquinaria.

El primer incidente que presencié fue aterrador. Me encontraba una tarde en lo alto del faro, observando la costa y los colores rosados y atardecidos que se formaban en el horizonte, cuando una bandada de gaviotas comenzó a estrellarse violentamente contra los cristales del faro. Varias de ellas murieron al instante de golpear con fuerza contra los gruesos vidrios, mientras que otras quedaron agonizando en la barandilla exterior. A pesar de la intensidad de los impactos, los ventanales se mantuvieron intactos, pero la sangre en los cristales y las aves muertas dejaron una impresión perturbadora en mí, que luego se manifestaría en formas horrendas en mis sueños.

El jefe me comentó que, si bien nunca había ocurrido algo así, la vida en la costa siempre presentaba alguna que otra sorpresa. Me advirtió, haciendo énfasis en cada palabra, que cerrara bien la puerta de acceso al faro, ya que el invierno y sus condiciones adversas suelen afectar a los trabajadores, quienes en ocasiones optaban por quitarse la vida lanzándose desde la altura. Esta revelación me hizo reflexionar sobre el motivo por el cual los trabajadores me miraban con semblantes serios y carentes de expresión cada vez que me cruzaban. Tal vez se debía a mi posición de autoridad y control sobre el faro.

Una de las tardes observé cómo un grupo de personas, formado por trabajadores y sus familiares, arrastraba un bote hasta la costa con la ayuda de caballos. La embarcación, con sus distintivas líneas rojas y blancas, exhibía arpones colgando. Al observar más de cerca, tapándome la nariz con el gabán, noté que en el interior del bote se encontraban tres barriles metálicos sumamente corroídos, con dibujos que parecían recién pintados, representando dos manos entrelazadas en señal de rezo. Los barriles desprendían un desagradable olor nauseabundo, aunque estaban herméticamente sellados. No dejaba de sorprenderme que aquel hedor no pareciera afectar en lo más mínimo a las personas cercanas, y no solo eso, sus semblantes mostraban una exuberancia y vivacidad inusual.

El jefe del faro me explicó que se trataba de la pesca de cazón. Los barriles contenían sobras y desechos orgánicos que iban recolectando a lo largo de los días. Según él, ofrecían estos desechos al mar como una especie de ofrenda, esperando que les brindara un día de pesca exitoso y los protegiera de cualquier infortunio marítimo. Curiosamente, cuando le pregunté si utilizaban los desechos como cebo para atraer a los cazones, recibí como respuesta un enigmático silencio que no pude interpretar.

Llegaron al atardecer, la pesca había sido exitosa. Los trabajadores llegaron en un carro de gran tamaño por un camino adyacente al faro. Cargaron los cazones, que presentaban numerosos agujeros ensangrentados donde habían sido atrapados con los pequeños arpones para poder subirlos a la embarcación. Sus semblantes ya no eran los mismos, estaban marcados por una sombra de dolor. Por la noche me enteré de que uno de ellos había sufrido un fatídico accidente mientras realizaban una maniobra de anclaje. Fue atrapado por una pesada cadena que, como un tentáculo, lo arrastró hasta el fondo del mar. Lograron recuperar su cuerpo sin vida, el cual mostraba señales de haber sido mordido por los cazones.

Esa misma noche, mientras encendía la lámpara de gas y verificaba el correcto funcionamiento de la óptica y la maquinaria, la oscuridad, y la densa bruma, parecían querer devorar al vigilante nocturno.

En el horizonte, un brillo tenue de color magenta mezclado con un hermoso púrpura iluminaba la costa. A pesar del gélido viento atlántico, decidí salir y caminar por la barandilla para observar las inmediaciones en trescientos sesenta grados. La vista no dejaba de sorprenderme. Fue entonces cuando algo captó mi atención. Un grupo de trabajadores, portando antorchas encendidas, se dirigía en procesión hacia la base del faro, tomados de las manos. Pronto comprendí lo que estaban haciendo: estaban velando al trabajador que había fallecido durante la tarde. Eso explicaba el bulto envuelto en una manta negra que dos personas cargaban. Los vi desaparecer bajo la construcción, sin tener conocimiento de hacia dónde se dirigían. Literalmente se esfumaron bajo el faro. Descendí los escalones lo más rápido que pude, sintiendo el sonido metálico de mis pasos resonar por toda la estructura, creando un eco que, en ese momento, confieso, me heló la sangre. Sabía que tenía que informar a El jefe y hacer un informe detallado de lo sucedido a mis superiores al día siguiente. Cuando llegué a la base, agitado y con el corazón latiendo desbocado, abrí la puerta principal con cierto temor. Sin embargo, descubrí que ya se habían retirado. Aun así, el olor a humo de las antorchas todavía impregnaba el aire. Decidí explorar la base en busca de alguna entrada, escotilla o puerta que diera acceso a los cimientos, pero no encontré absolutamente nada.

A la mañana siguiente le informé a El jefe sobre lo sucedido.

Escuchó atentamente mi relato sin interrumpirme en ningún momento. Después de encender su pipa, con parsimonia, me pidió que lo siguiera. Subimos al faro juntos y, una vez en lo alto, lo observé con atención mientras revisaba la maquinaria de gas que alimentaba la lámpara. ¡Ajá! Exclamó. Fue entonces cuando señaló una válvula con la pipa: Acá está el problema, está floja. Debe tener más cuidado con la revisión de la maquinaria, esto podría haber llegado a mayores. Le expliqué que era imposible que se me hubiera pasado por alto. Sin embargo, El jefe simplemente respondió Las cosas son como son. Acto seguido, chocó su pipa contra la óptica, vaciándola, y luego procedió a recargarla. Sin decir más, descendió por los escalones, dejando una desagradable nube de humo a su paso.

Un día, durante mi tiempo de descanso, mientras tomaba un jarro caliente de mate cocido en mi casilla, observé por la ventana a dos trabajadores. Uno de ellos señaló hacia mi casilla y murmuró algo al otro, haciendo un gesto de desprecio con el brazo. Se marcharon a paso rápido, continuando su discusión, hacia una de las casillas cercanas a los árboles de membrillo en la zona de huerta.

En ese momento recordé el cuaderno del anterior operario del faro. Había decidido guardado en un cajón junto a otras pertenencias. Mantenía la esperanza de que algún día regresara para reclamar sus pertenencias y con una interesante historia sobre su misteriosa desaparición.

El cuaderno estaba cubierto de cuero gastado, y sus hojas amarillas estaban sucias de comida y manchas de café. Contenía un registro de tareas, dibujos de la maquinaria y planos que mostraban las diferentes etapas de construcción del faro antes de su inauguración en 1906. Además, había un grupo de hojas dobladas en cuatro, con el título “Visiones de Aicthurhul”, donde se encontraban ilustraciones en carbonilla de criaturas fantásticas creadas por la imaginación del autor, seguramente hastiado del día a día.

Una de las criaturas dormitaba en una especie de cantera, con sus tentáculos, si es que eran tentáculos, apoyados en una piedra de un negro translúcido donde crecían pequeños hongos. El lugar estaba repleto de vigas y pilares destrozados, junto a los cuales descansaban huesos y una pila de cuerpos contorsionados en posturas imposibles que se extendían desde el suelo hasta la cúpula, sosteniendo precariamente toda la estructura. En la esquina superior derecha, en una letra rápida, pero estilizada, se leía: Ellos saben. Algo me hizo dirigir la mirada hacia el rifle que había colgado en la pared. Decidí cargarlo, colocándolo debajo de la cama junto a un grupo de municiones.

Esa noche me costó dormir. Sufrí de extrañas y vívidas pesadillas, cuya intensidad nunca antes había experimentado. En una de ellas me encontraba atado de pies y manos, y era llevado hacia los cimientos del faro, portando una corona ensangrentada hecha de picos de gaviotas. El jefe estaba parado frente a una escotilla de hierro, donde se veía una escalera que descendía hacia un lugar desconocido. El suelo temblaba en ciclos violentos, haciendo que cada hierro del faro resonara con agudos infernales. La estructura del faro parecía un antiguo dios expectante y sumamente indiferente.

Un misterioso encapuchado le entregó a El jefe un sable extravagante, y este, susurrando Buenos cimientos, abrió mi estómago con una tajada limpia, y empujó mi cuerpo inerte hacia las profundidades.

Desperté de esa pesadilla solo para sumergirme en otra. Estaba transpirado de pies a cabeza, mientras alguien intentaba abrir la puerta de la casilla. Sombras ansiosas se movían delante de la ventana. Tomé el rifle y me agaché en la oscuridad, decidido a disparar a cualquiera que se atreviera a entrar. Escuchaba murmullos, pero no lograba descifrar las palabras, parecían pertenecer a un idioma muy diferente al mío. ¡¿Qué quieren?! Les grité. Los golpes en la puerta se volvieron más violentos.

Abrí la puerta, apuntando en todas direcciones, tratando de localizar a alguien en medio de la espesa oscuridad. Sin embargo, no vi a nadie, solo dos figuras corriendo en dirección al faro, cuya puerta estaba completamente abierta. Apagué el fuego con un balde de agua y toqué la campana de emergencia. Descubrí que habían colgado, en uno de los lados de la casilla, unas ramas atadas con hilos, de las cuales colgaban lo que parecían hongos secos. Los arranqué de un fuerte tirón, los tiré al suelo y los aplasté con la suela de mi zapato. Liberaron un polvo negro que me hizo estornudar. Sabía que tenía que ir al faro lo antes posible. Mientras me acercaba a la estructura, sin bajar la guardia para evitar ser sorprendido por la espalda, mi rodilla derecha golpeó fuertemente contra un pesado hierro. Era la puerta de la escotilla que había visto en mis sueños. Una escalera descendía hacia un recinto apenas iluminado, del cual parecía salir una fragancia penetrante y dulce. Me arrastré como pude, soportando el punzante dolor en mi rodilla dislocada, que comenzaba a sangrar más y más. Varias figuras se acercaban lentamente desde la dirección de mi casilla. Tenía que arrastrarme hacia el faro, buscar refugio en ese gigante que podría convertirse rápidamente en mi perdición.

…

Me busca, persigue mi cuerpo, mis entrañas y mi mente, de las cuales sabe que se ha adueñado por completo, hostigándome con imágenes de columnas formadas por cuerpos putrefactos y cúpulas subterráneas invadidas por extrañas melodías. Me busca para fusionarme con los demás, para integrarme a su oscura naturaleza, para convertirme en un sólido cimiento de las arcanas profundidades de las que emerge.

La puerta de la casucha superior donde me encuentro se abre con tal fuerza que es arrancada de sus bisagras, rompiendo un ventanal y cayendo desde la altura entre cristales destrozados. La luz de la óptica, que creía ser mi refugio, cede ante la opresiva materialización de la oscuridad, sus engranajes se vuelven pesados y quejumbrosos. Un olor nauseabundo penetra mi nariz y quema mi garganta. Escupo una bilis verde rojiza. Me encuentro adormilado por el gas acumulado, he dejado las válvulas de gas completamente abiertas Siento acercarse su respiración dolorosa y cada uno de sus movimientos viscosos. La figura está envuelta en harapos podridos de color púrpura.

Le doy la espalda. A lo lejos el mar y el abismo.

Mi plan es tan simple como poderoso: apoyar el caño del rifle en mi boca y volarme la cabeza, permitiendo que el gas acumulado y la munición sobre la maquinaria, se combinen en una gran explosión que se apiade de todos nosotros.

Santiago Bresciano (Bahía Blanca, 1991). Escritor, estudió letras, actualmente reside en Monte Hermoso, donde también es artesano y tiene un puesto de libros nuevos y usados en la feria local. La serie de dos libros Terror en Monte Hermoso se consigue en Mercado Libre o a través de Instagram.

El programa radial Clic Modernos de Cañuelas conducido por Juan Petitto le realizó una entrevista al autor donde amplía las motivaciones del texto. A continuación compartimos el audio.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *